LAS NECRÓPOLIS DE VILLA 9 DE JULIO Y SUS TRADICCIONES
CEMENTERIO DEL NORTE
Noticias sobre Nekros
He
venido hasta aquí, tras de estos muros para aislarme de ustedes, los
vivientes
y aunque yazgo reseco y
maloliente
alejado de ustedes soy más
puro.
Del Libro de Nekros –Néstor Soria
Ocurrido el traslado de la ciudad de San Miguel de
Tucumán, desde el montuoso sitio de Ibatín a este yungoso valle que ya se conocía como La toma -1685-, sus gobernantes debieron encarar
entre otros quehaceres referidos a la cosa pública, la búsqueda del espacio
propicio donde inhumar a los muertos. Este asunto al principio fue de fácil
solución pues la población era poco numerosa y las familias nobles siempre
contaron con un trozo de tierra propia, ya sea en cercanías de la ciudad o un tanto
alejada de ella, palmo que zanjaba el inconveniente. Los de menor condición
social, alojados en las afueras de lo que se consideraba “la urbe”, debieron
conformarse con tener una fosa en cualquier descampado de los que por entonces
abundaban en tan extensa dehesa.
Pasado
el tiempo, entrado el siglo XVIII, la situación comenzó a agravarse. La todavía
aldeana ciudad sumaba un considerable número de habitantes y llegó el momento
de ocuparse seriamente sobre el tener un enterratorio formal para albergar a los
difuntos.
El
primero del que se tiene noticias estuvo en los terrenos contiguos al templo
que levantaron los Jesuitas, es decir, a la par de la actual iglesia de San
Francisco Solano. Luego, erigida la primera iglesia Matriz -hoy Catedral y
Santuario de Nuestra Señora de la Encarnación- se dispuso de una tierra aledaña
al templo y allí fueron a descansar los restos de muchos tucumanos. Los papeles
de archivos hablan, ya en el siglo XIX, de un nuevo osario; este se instaló en
lo que se conoció como antigua capilla del Señor de la Paciencia, oratorio que
desapareció, no así la advocación, al construirse el edificio de aquel hogar de
niñas desamparadas, llamado El buen Pastor. Un poco más cercano a nosotros las
crónicas cuentan de un camposanto que funcionó en los predios que hoy ocupa la
Quinta agronómica, dominio que
pertenecía a la provincia. Tras arduos
juicios de expropiaciones, trabas y litigios varios, Tucumán vio, por fin, un
cementerio, el del Oeste, columbario que
si sabemos admirar, lo veremos más bien como una artística necrópolis.
Y
mientras la ciudad de ‘los pudientes’ saldaba sus deudas con Thanatos ¿Qué
hacía la gente pobre y qué suerte corrían sus pobres muertos? Poco dicen las
noticias sobre esto, pero algo se supo:
‘A campo abierto, cuando yo sucumba/ llorosos hijos cavarán mi tumba’…Y eso
fue así hasta casi entrado el siglo XX.
Cementerio del Norte -
‘El cementerio de los pobres’
En 1889 el gobierno provincial inicia las obras de
construcción de un cementerio público al que pudiera acceder ‘la plebe’, el
desvalido, el huérfano de todo blasón. Nos referimos al Cementerio del Norte o
‘Cementerio de los pobres’ como se lo llama desde el inicio.
La
finalización de esa necesaria instalación que venía a suplir tamaña carencia,
pasó luego a manos del municipio en la gestión de don José Padilla, siendo
inaugurada el día 10 de enero de 1894.
Cementerio del Norte. Datos descriptivos
Anotamos aquí antecedentes que
familiaricen al lector con tan sagrado espacio. Son asuntos casi
correspondientes a una memoria descriptiva de las que suelen confeccionar los
profesionales de la construcción y, al no ser estas próximas citas de sencillo
hallazgo en las crónicas vulgares, entendemos que pueden ser de utilidad para
docentes y alumnos tucumanos:
"El terreno tiene una superficie en
metros cuadrados de 123.984,37 y está dividido en secciones demarcadas por
anchas calles. Enfrente de las oficinas de administración nace una plazoleta
semicircular cuyas medidas son: 60 metros de largo y 6,60 metros de ancho.
Unido a la capilla circular cuyo interior tiene un diámetro de 8 metros, posee
un peristilo de 18,10 metros de ancho; galería octogonal de 4 metros de ancho y
techo en bóveda.
El costo de construcción fue de
aproximadamente $110.000 m/n."
Una anécdota
Declarando no estar
comprendido en el art. 69 de la Ordenanza General de Impuestos el servicio de transporte de
cadáveres a las estaciones de ferrocarril.
Setiembre
7 de 1909
Señor
intendente municipal
S/d
La
empresa de carruajes del señor Bernardo Fourçans ha efectuado un servicio
fúnebre especial con dos yuntas, habiendo sido transportado el cadáver a la
estación del FFCC. donde fue embarcado.
El señor
fourçans se niega al pago de los derechos que establece el art. 69 de la
ordenanza general de impuestos,
manifestando no estar comprendido en esta disposición, por cuanto el cadáver no
ha sido conducido a los cementerios locales.
Solicito
a la intendencia, si debe o no cobrarse en este caso el derecho que establece
el artículo citado.
Saludo
al señor intendente
Zenón del Corro.
11 de
setiembre de 1909
Vista
la nota que antecede, resuelvo:
1º que
desde la fecha de la presente resolución, queda comprendida en las
disposiciones del artículo 69 de la ordenanza general de impuestos, la
conducción de cadáveres a las estaciones del ferrocarril.
Comuníquese
firmado:
Carlos Rougés – Abraham de la Vega (h)
Noticias:
El 15 de noviembre de 1911, se destinó una fracción de terreno del cementerio del Norte para disidentes.
El 19 de enero de 1912, en vista a las irregularidades
que se observaban en la inhumación de cadáveres en el cementerio del Norte, se
decreta al departamento de obras publicas la prosecución del plano catastral
donde se determinarán los sectores de cuadros para enterratorios gratuitos y
aquellos destinados exclusivamente para venta de los cuadros las que se harán
bajo una administración ordenada y
fiscalizada por la inspección general. Este largo decreto donde se
individualizaba el nº de cuadro ya sea gratuitos o para ventas fue firmado por
Eduardo Paz – Ernesto J. Román.


Como un día de fiesta
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Villa 9 de Julio, inserta al noreste de este espacio, se asemejaba a un asentamiento informal donde quintas, corrales, baldíos y modestas viviendas, se alineaban “al qué me importa”, en un escenario demarcado por calles que no eran más que sibilantes senderos barrosos, desprovisto de iluminación pública, rodeado de canales fétidos y envuelto por la nube gris que continuamente se alzaba al paso de carruajes y animales en tropas. Todo un contrasentido para la supervivencia humana.
Pero
aun así la villa tenía sus días de esparcimiento.
He
aquí cuándo ocurría:
Lo
que narramos está ligado al novísimo cementerio del Norte, osario librado al
servicio el 10 de enero de 1894 y al que, sin dudar, instalaron a los fondos
del boulevard Avellaneda, antes calle Ombú y hoy avenida Juan Bautista Justo al 2000, por
considerar que el amplio predio se encontraba muy distante del corazón céntrico
de la ciudad. Hasta allí, hora tras hora, día tras día, comenzaron a llegar y a
ser depositadas en la gramosa tierra socavada, las huestes de Thánatos, el Dios
griego de los sin vida.
Al
Campo Santo, como castizamente lo llamaban años ‘A’, se llegaba transitando los
huellones de la Avellaneda de entonces. Procesiones de catafalcos llevados a
pulso, en rústicos carros rurales, en pomposas carrozas, o cureñas adaptadas
para ese fin, hollaban esa cuasi arteria hasta llegar a los austeros umbrales
de lo que ya se conocía como “El cementerio de los pobres” -mote que lo
diferenciaba socialmente del elegante cementerio del Oeste, abierto desde
1872-.
El
hecho es que entrado el siglo XX, las parcelas ocupadas del sagrado lugar ya se
contaban como numerosas; seguramente es dable considerar también que de a poco
se iba convirtiendo en una necrópolis -Necro=muerte – Polis= ciudad-, es decir
que se colmaba de mausoleos edificados que amparaban, en sótanos y gradas, los
cuerpos de varios miembros de una misma familia.
Ante
este panorama sumido en quietud, de pasividad para el eterno descanso de
tantos, la vida, como en contrapartida, se volvía muy visible todos los 2 de
noviembre, ya dijimos, día de los Fieles Difuntos.
Y no sólo el cementerio se colmaba de gente; muchas cuadras del incipiente boulevard Avellaneda amanecían o se mostraban desde la víspera, día de las Almas, abarrotadas de puestos de venta de flores, velas, coronas floridas confeccionadas en papel crepé, imágenes santas modeladas en yeso y pintadas de vivos colores, estampitas de diversas advocaciones, vistosos floreros de vidrio y, con el desenfado y naturalidad de lo popular, esas veredas también estaban sembradas de tiendas ambulantes de venta de comidas -fritangas varias- que con humoso aroma tentaban a la muchedumbre que venía caminando desde donde los dejaba el tranvía -Esquina norte- a rendir culto a sus muertos. Mientras tanto, entre las tumbas, una cuadrilla de diligentes changarines se ofrecía al acarreo de tachos con agua, al aseo de paredes y vidrios, o a pintar con brochas los nichos y otras instalaciones. Sin atentar contra el compungido ánimo de muchos dolientes visitantes, bien podemos decir que esa zona de Villa 9 de Julio se ponía de fiesta.


DEVOCIONES POPULARES
CEMENTERIO DEL NORTE
El cementerio del Norte es una galería
poblada de ‘santos populares’, de almas milagrosas o milagreras como dice la
boca común. He aquí algunos de ellos:
La brasilera o Brasilerita:
Nunca trascendió su verdadero nombre.
Dice la voz popular que fue una
curandera y rezadora que murió ardida dentro del cementerio, al rozar su
vestido con las velas encendidas mientras rezaba frente a la tumba de un alma
que no hallaba descanso. En el preciso lugar donde acaeció su desdichado final,
tiempo después surgió un hilo de agua que se esparce entre fosas.
Pedrito ‘Hallao’:
El 29 de junio de 1948, muy cerca de las puertas del cementerio fue hallado, en
agonía, un niño recién nacido. La historia que año tras año se renueva sin notorias
variantes, cuenta que quien lo alzó vio que sus orejas y boca estaban
carcomidas por hormigas y que al darse cuenta de que su vida se cortaba, lo
hizo bautizar en la misma capilla del enterratorio, con el nombre de Pedrito. A
ese ángel que falleció pocas horas después, la gente lo llamó Pedrito ‘Hallao’.
Los hermanitos Lucas
tienen su tumba junto a la de Pedrito ‘Hallao’. A estos dos chiquitos los
encontraron juntos, muertos, en algún lugar del parque Nicolás Avellaneda. Eso
ocurrió el 18 de Octubre de 1943, día de San Lucas, razón por la que recibieron
ese nombre. Al tratarse de mellizos los enterraron en una misma tumba.
Andrés Bazán Frías,
el famoso perseguido, tiene su sepulcro en el cementerio del Norte. Su
santuario es considerado milagroso por la creencia popular, se encuentra en la
calle provincia de Mendoza sobre el muro del cementerio del Oeste, sitio donde
cayó herido de muerte al intentar escalarlo durante la persecución de la
policía.
Carballito
era un pordiosero ciego que fue muerto en el ‘puente de los suspiros’ -calle
provincia de Catamarca entre las calles República del Perú y Bolivia-. Le
rinden culto con dinero y cruces de algarrobo; hace favores especiales.
El cadete Alberto Soria,
numerario de la Gendarmería volante, fue muerto a tiros por José Ricardo Suárez
(a) ‘El águila’, un pistolero de Villa Luján, el 18 de julio de 1927, cruzando
la entonces polvorienta avenida Mate de Luna y cumpliendo su misión de
persecución. Su tumba en el cementerio del Norte, es un atractivo
arquitectónico, obra de un joven escultor que se llamó Agustín Aragonés. Al
frente del mausoleo se puede apreciar una estatua del cadete, de gran tamaño,
con su espada desenvainada y a sus pies la triste figura de una mujer, quizás
su madre, rendida de dolor.


Sociedad Unión Israelita Tucumana (Kehila)
Llegamos a la
calle Combate de Las Piedras al 900 con la intención de recoger datos referidos
al cementerio Israelita enclavado en Villa 9 de Julio. Hasta ese momento nos
habíamos contactado telefónicamente un par de veces con Alfredo Wolf, joven dirigente de esta
sociedad. Con mucha amabilidad nos invitó a ingresar al lugar y se dispuso a
contarnos, a pluma suelta, parte de la historia de estos inmigrantes llegados a
Tucumán por allá de 1910, o sea, hace un centenio.
Anotamos aquí trozos de esa
conversación que tuvimos con Alfredo, ya que así sabremos cómo surgió el
sagrado sitio donde la comunidad judía pone a descansar a sus muertos.
Esto nos dijo:
Las primeras
inmigraciones se producen con el pogrom
de Rusia*; es entonces cuando buscando escapar de las persecuciones
y matanzas, los judíos abandonan la Europa Oriental; además los jóvenes evitaban
el enrolarse al ejército porque si lo hacían debían involucrarse en la guerra.
Otra razón era la hambruna y la falta de trabajo en ese lado del mundo. Muchos
fueron a Estados Unidos, a Brasil y otros vinieron a Argentina; y nada les fue
fácil.
Luego del pogrom
surgió el nazismo. Mis padres fueron alemanes, vinieron antes de la segunda
guerra mundial escapando de las persecuciones
del nazismo. Ellos llegan a través de la Lievich Colonisaison
Asocieyson, una empresa que compró campos en Entre Ríos y en Santa Fe, los
dividió en parcelas de 100 hectáreas y a cada familia le dio una fracción. No
era gratuito, les proveían herramientas, una yunta de bueyes, semillas, adobes
para hacer el rancho y a trabajar. Cuando comenzaban a producir debían devolver
los préstamos durante 30 o 40 años; fueron saldando la deuda y se quedaron con
las tierras. Aquí y allá se vivían
épocas duras. Así llegan los primeros
judíos; muchos se asentaron en Tucumán.
Algo digno de
destacar de la Colectividad judía en la argentina, es la integración total.
*Pogrom: Voz rusa. Asesinato en masa
espontáneo u organizado, de personas o grupos sociales indefensos.
El pogrom de Rusia -1881/1917- fue un
movimiento popular cristiano dirigido por las autoridades zaristas para
exterminio de los judíos. Durante la guerra civil que siguió a la revolución
bolchevique de 1917, decenas de miles de judíos murieron en la violencia del
pogrom en la región de la Ucrania y en la Polonia oriental (entre 1918 y 1920).
Es oportuno el anotar aquí que a la
par de aquella matanza en Europa Oriental, la Argentina tuvo su propio pogrom
en Buenos Aires. Eso ocurrió en la famosa Semana Trágica, Enero de 1919.

Cementerio Israelita

Es muy notoria
la diferencia edilicia de lo que se hacía en otras épocas con lo que se hace
ahora. Hoy es todo más moderno. Los mausoleos de antes eran muy grandes y
suntuosos”.
Alfredo Wolf
Encargado Responsable del cementerio Israelí

Llevados por esta premisa es que
gestionaron ante las autoridades provinciales y municipales de la ciudad, el
otorgamiento de un espacio de tierra en el cementerio del Norte, petición que
fue autorizada por lo que les fue otorgado el cuadro nº 38. Claro, por razones
religiosas ese camino no era el óptimo, pero aquella incipiente comunidad no
tenía otras opciones y debieron
ajustarse a las disposiciones por entonces vigentes.
De un libro de autoría del señor
Blumenfeld y que nos facilitó Alfredo Wolf en las oficinas de la Sociedad Unión
Israelita de Tucumán, pudimos extraer lo que a continuación transcribimos:
Ya en posesión del cuadro de tierra nº
38, la comisión directiva (judía) había peticionado un permiso municipal para
construir una verja alrededor del terreno que albergaría a sus muertos, pero la solicitud fue denegada
aduciéndose que el mencionado terreno no había pasado a ser propiedad de la Unión,
sino que pertenecía a la municipalidad. De ese modo el uso de ese espacio no
era sino una solución temporaria, pues
no respondería a la norma religiosa que
prohíbe trasladar restos ya sepultados. La concesión era por cinco años,
renovables por períodos quinquenales durante cuarenta años. Aun cuando fuera
factible esa renovación, se abrirían nuevos interrogantes por la limitada
capacidad del referido cuadro, para 105 sepulturas solamente. Esas cuestiones
preocupaban a la chevrah kedusha
seriamente.
Infortunadamente el fallecimiento de
dos hombres jóvenes en 1912 dio lugar a la pronta habilitación del cuadro nº
38. El primer sepelio fue el de Isaac Siganer, de 22 años, carpintero, que murió en abril de ese año, en un accidente ferroviario; el segundo fue el de David Masquil, de 20
años, trasladado desde Salta.
Durante 1923 y 1924, rigió la
corporación Chevrah Kedusha una comisión veterana en asuntos comunitarios.
Subsistía el viejo anhelo de establecer
un cementerio israelita propio y definitivo y ese propósito constituyó el
objetivo primero de dicha comisión.
Hasta ese momento había transcurrido una década desde que se concedió el
espacio en el Cementerio del Norte.
Con las tratativas acerca del proyecto
tanto tiempo latente, comenzó la reunión pública convocada para el 31 de mayo de 1923 en la sede de la
unión. Dirigió el debate la Comisión Directiva de la Chevrah Kedusha cuyos
integrantes en ese momento eran: Rosh Hachevrah, Marcos Ferdman, Gabay Rishón,
Aaron Oxman, Gabay Sheni, Isaac Feldman; secretario, Lázaro Atochkin; tesorero,
Guillermo Rascovsky; protesorero, Jacobo Majlin; consejeros, Abraham Feldman y
Juan Majlin; síndico, Marcos Bass.


Unánimemente se aprobó el proyecto de adquirir un terreno en los aledaños de la ciudad. El único medio de conseguir el dinero para la compra era a través de una colecta. Fue entonces que Guillermo Rascovsky, habló de las grandes obras que los judíos suelen realizar solo con la base de una esperanza. De inmediato encabezó una suscripción, con el ejemplo de su generosidad. El proyecto quedó así salvado.
Para que efectuaran sus aportes hasta
los menos pudientes, se acordó que cada suscriptor abonaría su contribución en
10 cuotas; al mismo tiempo esta facilidad permitiría a cada uno suscribirse con
una suma mayor que si el pago hubiera
sido único.
Resultaba así que después de los 10
meses el terreno estaría abonado, siempre y cuando se hallara una propiedad que
pudiera pagarse en diez mensualidades o pagos acordados.
Para buscar las tierras en tales
condiciones fueron comisionados Marcos Ferdman, Adolfo Pobirsky, Aarón Oxman e
Isaac Aiziczon.
Ellos informaron posteriormente a la
comisión directiva, que lindando con el cementerio del Norte había un campo
adecuado. Sin embargo esta compra no se concretó; poco después se adquirió
terrenos adyacentes, más al norte de esa propiedad, conviniéndose por ellos un
precio de $ 10.000.-, de los cuales $ 6.000.- debían pagarse a un año de plazo
con un interés del 8%. La superficie de la tierra comprada fue de 143,75 x 287,50
metros.
La asamblea de
la Chevrah Kedusha aprobó el convenio y designó para firmar la escritura a
Marcos Ferdman, Adolfo Pobirsky, Alfredo Kobelkovsky, Miguel Lekman e Isaac
Aiziczon. Los títulos serían a nombre de ellos hasta que la entidad obtuviese la
personería jurídica, condición necesaria
para inscribir el inmueble como de su legítima propiedad.
El valor de lo
adeudado pudo ser abonado según lo convenido en el tiempo estipulado, y
enseguida empezaron los preparativos para solicitar la personería jurídica.
Según las leyes
provinciales en vigencia, la limitada corporación debía constituirse en una
sociedad civil, con un estatuto formal que rigiera su existencia y actividades.
El domingo 3 de febrero de 1924, en la sede de la unión, una asamblea convirtió
a la Chevrah Kedusha en “Asociación Chevrah Keduscha Aschkenazí Tucumana. De
los 28 socios masculinos presentes, 19 eran los fundadores de la corporación en
1914.
Dos semanas
después se reunieron 46 socios en una
asamblea que aprobó los estatutos, cuyo artículo segundo fue objetado por el
gobierno de la provincia. La ordenanza municipal del 30 de junio de 1889 debía
ser un obstáculo, con su prohibición expresa de inhumar restos fuera de los
cementerios de la comuna. Y aquél artículo disponía dar sepultura en el
cementerio de la Asociación, o sea fuera de los cementerios de la
municipalidad.
El Pinkas
registró en un emotivo texto la congoja de los dirigentes ante aquella
situación. Habían asumido una gran responsabilidad ante sus correligionarios.
Habían colectado dinero para la compra del terreno y todo parecía conducir al
fracaso.
El doctor José
Lozano Muñóz era a la sazón asesor letrado de la municipalidad y gran amigo de
los israelitas, consultado por los dirigentes, aconsejó entrevistar al gobernador
doctor Miguel M. Campero (1924-1928) y pedirle una solución.
El gobernante
recibió una delegación integrada por Marcos Ferdman, Moisés Rascovsky y Miguel
Schugurensky. Evidenciando comprensión y simpatía ante la cuestión religiosa
planteada, prometió estudiar el asunto de la personería jurídica.
El 12 de
diciembre de 1924 el gobierno por intermedio de su ministro Tomás A. Chueca,
recomendaba la modificación del artículo segundo, que debía expresar que las
sepultura se harían en el terreno autorizado por la municipalidad para
cementerio. Así se aceptó en la asamblea el 21 de diciembre.
Salvado este escollo el poder ejecutivo concedió personería jurídica, a la
asociación Chevrah Keduscha Aschkenazí el 10 de febrero de 1925.
El paso siguiente era obtener la
autorización de la municipalidad.
Naturalmente para habilitar como
cementerio el terreno adquirido, ubicado en el boulevard Avellaneda,
prolongación 23ª cuadra, había que cercarlo mediante un tapial. La Chevrah
Kedusha no disponía de fondos. Toda la colecta había sido destinada a la
compra, de modo que hubo que recurrir
otra vez a la generosidad de la colectividad.

Con el producto de la venta de una
parte del terreno, se pudo completar el tapial y hacer el cuerpo central de la administración.
La unión siguió siendo concesionaria
del cuadro nº 38 del cementerio del Norte durante once año más, pero desde
mediados de 1926 ya no se hicieron sepelios. Por el contrario, los deudos de la
mayoría que hasta entonces habían recibido sepultura en el mencionado cuadro,
los fueron trasladando y dándoles sepultura en la necrópolis judía, habilitada
tras la muerte de Herman Schmurak en 1926.
Mas tarde se efectuó el trazado de los cuadros internos, calles, veredas,
jardines, arbolado, pavimento en la calle
de acceso desde la ciudad, prolongación de la red eléctrica, transporte,
etc. etc.
Devoción popular en el Cementerio Israelí
Dentro de este campo santo existe una
tumba milagrera; es la de Malta Salz, quién fuera santiagueña de origen. No
ocupa un lugar especial desde el punto de vista sagrado-ritual en el
cementerio. Sí es una de las más antiguas. Su placa conmemorativa dice Malta
Salz, fallecida el 19/08/1949, monumento donado por la Chevrah Jedush (jebre
jedushe). Los exvotos encontrados, dejados por sus devotos, son similares a los
de otras tumbas: flores, una casita en miniatura que dice Punta del Este; entre
los elementos tradicionales del judaísmo encontramos Kipa, Kipot, piedras,
maguen David, y la manito contra la mala suerte.
Las placas expuestas en su totalidad
agradecen por la ayuda de Malta. Los textos son : gracias, Malta gracias por
ayudarnos, gracias por tu protección y ayuda, gracias Malta por ayudarme
siempre en mis pedidos; etc.
La historia que se cuenta de Malta, es
que escuchó una voz que le dijo que ella tenía que trabajar en la Jevre
Jedushe, es decir ocuparse de los rituales de preparación del cuerpo de los
difuntos, previo al enterramiento y también el cuidado de las tumbas; dicen que
ella no cobraba nada por los servicios y la gente la ayudaba con comida y otras
manutenciones. Según los relatos hace aproximadamente 30 años que le piden
ayuda y le hacen ofrendas.
Fragmento de: El
patrimonio olvidado
Griselda Barale – 2006

Tradición que se pierde
La
vieja y severa tradición que nos imponía el concurrir a los cementerios todos
los días lunes, con el propósito de visitar a nuestros muertos, está perdiendo
vigencia. Ya son pocos los deudos que llegan hasta los mausoleos* familiares,
pertrechados con trapos franelas, limpia bronce y vidrios, plumero, escoba y
balde, dispuestos a limpiar y airear ese espacio funerario donde descansan los
seres ausentes; sitios que una vez aseados, eran ornados con flores y
alumbrados con vivaces pabilos. Tampoco es común el ver a familias íntegras que
cargando, una pala, rastrillo, pintura y pincel, se instalaban al costado de
una sencilla tumba y, como si pasaran un día de campo, se disponían a
desmalezar todo el entorno del sepulcro y a darle una mano de color, mientras
tomaban unos mates o degustaban bocados rápidos. Tampoco se aprecia en la Cruz
Mayor de los enterratorios, el mar de cera que cubría su pie como una pastosa
alfombra grasosa y siempre tibia. 



Esas usanzas, ligadas al recuerdo y al
respeto por los que se fueron de este mundo se conserva, aunque en baja, los 1
y 2 de noviembre -Días de conmemoración de las Almas y de los Fieles Difuntos-,
fechas en las que los cementerios aumentan su caudal de público. No es abundoso
el decir que la palabra cementerio –coemetérium del latin, y koemeterion o
koismasthai del griego- significa en ambos casos: Estar acostado, dormir.
*Mausoleo: Nombre dado a la tumba de
aquel rey de Caria, Mausolo, quien vivió entre el 377aC y hasta 353 a. C. Al
morir Mausolo su mujer, Artemisa, hizo construir en su honor esa bella e
imponente obra. Está considerada una de las siete maravillas del mundo.
Las carrozas
La Argentina debe la llegada del carro fúnebre a los ingleses.
Quienes estiben en sus vidas más de diez lustros recordarán aunque más no sea vagamente, a esos lúgubres carruajes montados sobre cuatro ruedas de tazas bronceadas, y provistos de un balancín de donde se ataban, en yunta y de acuerdo al status del cliente, dos o cuatro caballos percherones pintados de negro desde el lomo hasta las patas y ataviados con ostensibles arneses llenos de apliques dorados.
La
estructura de estos coches era de madera torneada y laqueada en negro. A los
costados del pescante lucían unas agarraderas de bronce prolijamente bruñido de
las que el cochero se asía para trepar hasta el asiento tapizado en cuero,
también negro y pespunteado con tachas como de oro. En la cúspide, rematada en
formas blondas, llevaban adosada una redondeada cruz que bien podía ser
cambiada por otro símbolo, de acuerdo al credo o religión de quienes la
contrataban.
Las
había también blancas desde las ruedas y hasta los caballos; esas se usaban
para el traslado de los niños fallecidos. En la cúspide del níveo caparazón
trabajado a torno y laca, se erigía un ángel trompetero de hermosas formas y en
grácil movimiento escultórico.
Los
cocheros, por vaya a saber qué mandato o convencimiento, tenían un gesto
adusto, un halo de misterio si se quiere. Sus ropas, pesadas hasta en el húmedo
y tórrido verano, consistían en unas levitas largas de paño negro, las que
llevaban siempre abotonadas hasta el
cuello llamado degüello; pantalón a rayas o en gris liso; zapatos charolados;
sombrero Galerita, Orión, o Riflero; guantes blancos y sobre el pecho, ajustado
a la gruesa camisa de algodón blanca, un corbatín, moño, o un paño sedoso de
tono pardo que simulaba un elegante pañuelo.
Viejos hábitos
Ellas comenzaban a llegar con el
alba del día lunes. Casi todas venían de ahí cerquita nomás, de los barrios
pobres que rodeaban al cementerio. Algunas traían colgados de sus brazos
enormes canastos colmados de flores recién cortadas que al balanceo de un andar
lento, dejaban caer gotitas de aguarrocío humedeciendo sus polleras. Otras,
decididas a instalar un puesto más importante, arrastraban un carro bajo,
cargado con tachos para agua, tablones, caballetes, cajas de velas de diferente
tamaños y armazones de pequeñas coronas listos para ornamentar con flores de papel en un santiamén, a gusto
del cliente; además el carruaje le permitía transportar flores de varas como
gladiolos, blancas calas, encapulladas dalias o la modesta margarita doble.
A
medida que iban llegando ocupaban, como de memoria, un lugar junto a la tapia
umbrosa de añejos árboles. Eran mujeres mayores, muchas de ellas viudas,
enlutadas hasta las zapatillas. Sus
pelos lacios y entrecanos recogidos a puro invisibles o trabas lucían
por sobre el prolijo peinado un pañuelo negro.
Ahí
estaban las pregoneras ofreciendo sus mercancías perfumadas. De entre ellas
sobresalían dos o tres por sus habilidades de rezadoras y de lloronas. Acompañada siempre por el menor de sus hijos
o algún nieto en sus quehaceres, dejaban al niño a cargo del ‘puestito’ y
partían diligentes donde fueran requeridas para estas serias tareas de rezar o
llorar en los velatorios o sepelios.
Arrimadas a la muerte por vaya a saber qué misterioso sino, estas mujeres de
negro cultivaban sus jardines con ahínco y todos sabíamos que el fruto de sus
empeños no lucía para los vivos, porque ellas, en una actitud que hasta hoy
nadie entiende, jamás vendían una flor para adornar el mantel de una mesa
familiar.
Empilchados como en domingo
El
visitar a los difuntos exigía vestirse bien, pero guardando cierta compostura
en lo que se lucía o mostraba. Por ejemplo, se debían evitar los colores
estrambóticos, los perfumes penetrantes y las joyas estrafalarias. Es decir que
los deudos guardaban ante sus seres desaparecidos cierta sobriedad, aunque no
estaba ausente la mejor ropa que se poseía.
En el “cementerio de los pobres”, sitio de las clases
menos pudientes o de las que no tenían linajes patricios, las mujeres, si
todavía correspondía el tiempo de duelo -un año para las viudas-, calzaban
vestidos negros, cubrían sus piernas con medias oscuras y llevaban zapatos de
taco mediano; era común que taparan sus cabezas con mantones o pañuelos también
negros. Si el riguroso luto ya se había cumplido, la vestimenta usual permitida
pasaba por ropa de medio luto; es decir, vestido o falda gris o floreado en
tonos oscuros, medias color carne y un tocado sobre el pelo.
Los hombres, un poco más libres en la elección de sus
atuendos, exhibían un brazalete negro en la manga izquierda de sus sacos,
llevaban corbata y sombrero de paño oscuro.
Ahora bien ¿Qué se usaba en las clases altas en tiempos
de luto? ¿Cómo vestía la gente que concurría
al otro cementerio, al del Oeste? Una crónica tucumana redactada en 1913
nos habla de eso:
Diario
El Orden – 9 de enero de 1913
En
otros tiempos el traje de duelo permanecía invariable distinguiéndose siempre
por su extremada sencillez; ahora las
épocas han cambiado, y aunque algunas modistas permanezcan fieles a la
austeridad de luto, la generalidad de las jóvenes lleva en negro la toilette de
moda, con muchas guarniciones de crespón y bordados opacos.
Sin
embargo, a pesar de todo, es preciso seguir el protocolo impuesto para los
períodos de luto.
El de
luto riguroso no admite más que tela negra y opaca, cachemir de la India,
sarga, etc. pero con los trajes tailleurs puede usarse los meros cótelées con blusa de crespón
inglés. Después de los primeros meses de gran duelo se reemplazan los adornos
de crespón por otras guarniciones.
El
período de medio luto admite una toilette menos severa, y en ese caso el
terciopelo y la seda pueden servir de adorno a las telas de lana. Para los
trajes habillée se ponen bordados de seda o entredós de guipure, velado de tul
negro. Para gran luto son muy admitidos el cuello y puño de lino blanco, lo
cual da un aspecto sobrio y cuidado suavemente agradable.
En
París son pocas las personas que no han adoptado esta moda. En Norteamérica se
llevan mucho los velos de tul negro con un borde de crespón blanco; es este un
rebuscamiento que imprime al gran luto
un aspecto algo frívolo pero bonito a la vista.
Las
alhajas de luto se llevan en madera negra o acero bruñido, cuando es más
aliviado; el azabache se usa cada días más.
Los
pañuelos de mano más elegantes serán con un pequeño filete y un monograma negro
pero los completamente blancos tienen innumerables partidarios.
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