Canción inicial

Canción Inicial
Argentina, territorio entregado al porvenir desde tus quebradas norteñas hasta el Cabo de Hornos; promisorio escenario donde forjar una nueva vida; útero abierto al nacimiento de las mil diversidades étnicas; madre nutricia; miel; calostro...
¡Cuántas alabanzas mereces en tu bondad y en tu gesta moral,
Patria mía!...
Por tus caminos otrora polvorientos, insinuados al hollar de carretas y pezuñas; ralo pastizal; poblado monte; de norte a sur; de sur a norte, venían nuevos hijos a gozar de tu hermosura femenina; a rodearte con sus brazos y poblar tus anchos hombros y tu cabeza; tu cintura en cinta; tus pies de bailarina reconcentrada; altiva y reconcentrada.
Todo en vos fue regazo:
Buenos Aires, que aunque niña pobre, ya coqueta.
Patagonia, viento-médano, soledad transmutada en idiomas y vocinglería.
Norte indómito; callado; páramo al pie del Ande. Y el mar verde en la llanura, a la entrada de los cerros:
Tucumán de la mecidas selvas, gleba feraz; idílico amor del viajero que detuvo su paso ante el prodigio.
Hoy regreso sobre aquellos rastros que esculpieron tantos hombres, ¡tantos!. Voy a encontrarme con los antiguos rostros; rostros de arrugas oscuras, nobles; rostros donde los ojos, aun abiertos al asombro, nos miran, aunque un puñado de tu savia haya caído sobre ellos.
Néstor Soria

Foto de Néstor Soria

Foto de Néstor Soria
Redacción: Poeta y escritor Néstor Soria

Imagen de Ana Lía Madrigal

Imagen de Ana Lía Madrigal
Investigación, entrevistas e ilustración: Ana Lía Madrigal

lunes, 26 de noviembre de 2018

LAS NECRÓPOLIS DE VILLA 9 DE JULIO Y SUS TRADICIONES

LAS NECRÓPOLIS DE VILLA  9 DE JULIO Y SUS TRADICCIONES

CEMENTERIO DEL NORTE


Noticias sobre Nekros


He venido hasta aquí, tras de estos muros para aislarme de ustedes, los vivientes
y aunque yazgo reseco y maloliente
alejado de ustedes soy más puro.
Del Libro de Nekros –Néstor Soria

Ocurrido el traslado de la ciudad de San Miguel de Tucumán, desde el montuoso sitio de Ibatín a este yungoso  valle que ya se conocía como La toma -1685-, sus gobernantes debieron encarar entre otros quehaceres referidos a la cosa pública, la búsqueda del espacio propicio donde inhumar a los muertos. Este asunto al principio fue de fácil solución pues la población era poco numerosa y las familias nobles siempre contaron con un trozo de tierra propia, ya sea en cercanías de la ciudad o un tanto alejada de ella, palmo que zanjaba el inconveniente. Los de menor condición social, alojados en las afueras de lo que se consideraba “la urbe”, debieron conformarse con tener una fosa en cualquier descampado de los que por entonces abundaban en tan extensa dehesa.

Pasado el tiempo, entrado el siglo XVIII, la situación comenzó a agravarse. La todavía aldeana ciudad sumaba un considerable número de habitantes y llegó el momento de ocuparse seriamente sobre el tener un enterratorio formal para albergar a los difuntos.

El primero del que se tiene noticias estuvo en los terrenos contiguos al templo que levantaron los Jesuitas, es decir, a la par de la actual iglesia de San Francisco Solano. Luego, erigida la primera iglesia Matriz -hoy Catedral y Santuario de Nuestra Señora de la Encarnación- se dispuso de una tierra aledaña al templo y allí fueron a descansar los restos de muchos tucumanos. Los papeles de archivos hablan, ya en el siglo XIX, de un nuevo osario; este se instaló en lo que se conoció como antigua capilla del Señor de la Paciencia, oratorio que desapareció, no así la advocación, al construirse el edificio de aquel hogar de niñas desamparadas, llamado El buen Pastor. Un poco más cercano a nosotros las crónicas cuentan de un camposanto que funcionó en los predios que hoy ocupa la Quinta agronómica, dominio  que pertenecía a la provincia.  Tras arduos juicios de expropiaciones, trabas y litigios varios, Tucumán vio, por fin, un cementerio,  el del Oeste, columbario que si sabemos admirar, lo veremos más bien como una artística necrópolis.

Y mientras la ciudad de ‘los pudientes’ saldaba sus deudas con Thanatos ¿Qué hacía la gente pobre y qué suerte corrían sus pobres muertos? Poco dicen las noticias sobre esto, pero algo se supo: ‘A campo abierto, cuando yo sucumba/ llorosos hijos cavarán mi tumba’…Y eso fue así hasta casi entrado el siglo XX.





 

 








 Cementerio del Norte - 

‘El cementerio de los pobres’


En 1889 el gobierno provincial inicia las obras de construcción de un cementerio público al que pudiera acceder ‘la plebe’, el desvalido, el huérfano de todo blasón. Nos referimos al Cementerio del Norte o ‘Cementerio de los pobres’ como se lo llama desde el inicio.
La finalización de esa necesaria instalación que venía a suplir tamaña carencia, pasó luego a manos del municipio en la gestión de don José Padilla, siendo inaugurada el día 10 de enero de 1894.

Cementerio del Norte. Datos descriptivos

         Anotamos aquí antecedentes que familiaricen al lector con tan sagrado espacio. Son asuntos casi correspondientes a una memoria descriptiva de las que suelen confeccionar los profesionales de la construcción y, al no ser estas próximas citas de sencillo hallazgo en las crónicas vulgares, entendemos que pueden ser de utilidad para docentes y alumnos tucumanos:                  
  
 "El terreno tiene una superficie en metros cuadrados de 123.984,37 y está dividido en secciones demarcadas por anchas calles. Enfrente de las oficinas de administración nace una plazoleta semicircular cuyas medidas son: 60 metros de largo y 6,60 metros de ancho. Unido a la capilla circular cuyo interior tiene un diámetro de 8 metros, posee un peristilo de 18,10 metros de ancho; galería octogonal de 4 metros de ancho y techo en bóveda.
El costo de construcción fue de aproximadamente $110.000 m/n."







Una anécdota

Declarando no estar comprendido en el art. 69 de la Ordenanza General de Impuestos el servicio de transporte de cadáveres a las estaciones de ferrocarril.

Setiembre 7 de 1909

Señor intendente municipal 
S/d

La empresa de carruajes del señor Bernardo Fourçans ha efectuado un servicio fúnebre especial con dos yuntas, habiendo sido transportado el cadáver a la estación del FFCC. donde fue embarcado.
El señor fourçans se niega al pago de los derechos que establece el art. 69 de la ordenanza  general de impuestos, manifestando no estar comprendido en esta disposición, por cuanto el cadáver no ha sido conducido a los cementerios locales.
Solicito a la intendencia, si debe o no cobrarse en este caso el derecho que establece el artículo citado.
Saludo al señor intendente
                                                                                             Zenón del Corro.

11 de setiembre de 1909

Vista la nota que antecede,  resuelvo:

1º que desde la fecha de la presente resolución, queda comprendida en las disposiciones del artículo 69 de la ordenanza general de impuestos, la conducción de cadáveres a las estaciones del ferrocarril.

Comuníquese

firmado: Carlos Rougés – Abraham de la Vega (h)

Noticias:


El 15 de noviembre de 1911, se destinó una fracción de terreno del cementerio del Norte para disidentes.



El 19 de enero de 1912, en vista a las irregularidades que se observaban en la inhumación de cadáveres en el cementerio del Norte, se decreta al departamento de obras publicas la prosecución del plano catastral donde se determinarán los sectores de cuadros para enterratorios gratuitos y aquellos destinados exclusivamente para venta de los cuadros las que se harán bajo una administración  ordenada y fiscalizada por la inspección general. Este largo decreto donde se individualizaba el nº de cuadro ya sea gratuitos o para ventas fue firmado por Eduardo Paz – Ernesto J. Román.




Como un día de fiesta




Añadir leyenda
Las crónicas y las imágenes fotográficas que se conservan en archivos y muestran el lado norte de la ciudad de comienzos de 1900, son testigos del nulo adelanto urbanístico que el municipio de entonces le brindaba.
Villa 9 de Julio, inserta al noreste de este espacio, se asemejaba a un asentamiento informal donde quintas, corrales, baldíos y modestas viviendas, se alineaban “al qué me importa”, en un escenario demarcado por calles que no eran más que sibilantes senderos barrosos, desprovisto de iluminación pública, rodeado de canales fétidos y envuelto por la nube gris que continuamente se alzaba al paso de carruajes y animales en tropas. Todo un contrasentido para la supervivencia humana.



Pero aun así la villa tenía sus días de esparcimiento.
He aquí cuándo ocurría:

Lo que narramos está ligado al novísimo cementerio del Norte, osario librado al servicio el 10 de enero de 1894 y al que, sin dudar, instalaron a los fondos del boulevard Avellaneda, antes calle Ombú y hoy  avenida Juan Bautista Justo al 2000, por considerar que el amplio predio se encontraba muy distante del corazón céntrico de la ciudad. Hasta allí, hora tras hora, día tras día, comenzaron a llegar y a ser depositadas en la gramosa tierra socavada, las huestes de Thánatos, el Dios griego de los sin vida.
Al Campo Santo, como castizamente lo llamaban años ‘A’, se llegaba transitando los huellones de la Avellaneda de entonces. Procesiones de catafalcos llevados a pulso, en rústicos carros rurales, en pomposas carrozas, o cureñas adaptadas para ese fin, hollaban esa cuasi arteria hasta llegar a los austeros umbrales de lo que ya se conocía como “El cementerio de los pobres” -mote que lo diferenciaba socialmente del elegante cementerio del Oeste, abierto desde 1872-.
El hecho es que entrado el siglo XX, las parcelas ocupadas del sagrado lugar ya se contaban como numerosas; seguramente es dable considerar también que de a poco se iba convirtiendo en una necrópolis -Necro=muerte – Polis= ciudad-, es decir que se colmaba de mausoleos edificados que amparaban, en sótanos y gradas, los cuerpos de varios miembros de una misma familia. 
Ante este panorama sumido en quietud, de pasividad para el eterno descanso de tantos, la vida, como en contrapartida, se volvía muy visible todos los 2 de noviembre, ya dijimos, día de los Fieles Difuntos. 

  Y no sólo el cementerio se colmaba de gente; muchas cuadras del incipiente boulevard Avellaneda amanecían o se mostraban desde la víspera, día de las Almas, abarrotadas de puestos de venta de flores, velas, coronas floridas confeccionadas en papel crepé, imágenes santas modeladas en yeso y pintadas de vivos colores, estampitas de diversas advocaciones, vistosos floreros de vidrio y, con el desenfado y naturalidad de lo popular, esas veredas también estaban sembradas de tiendas ambulantes de venta de comidas -fritangas varias- que con humoso aroma tentaban a  la muchedumbre que venía caminando desde donde los dejaba el tranvía -Esquina norte- a rendir culto a sus muertos. Mientras tanto, entre las tumbas, una cuadrilla de diligentes changarines se ofrecía al acarreo de tachos con agua, al aseo de paredes y vidrios, o a pintar con brochas los nichos y otras instalaciones. Sin atentar contra el compungido ánimo de muchos dolientes visitantes, bien podemos decir que esa zona de Villa 9 de Julio se ponía de fiesta.





















DEVOCIONES POPULARES

CEMENTERIO DEL NORTE



El cementerio del Norte es una galería poblada de ‘santos populares’, de almas milagrosas o milagreras como dice la boca común. He aquí algunos de ellos:           

 La brasilera o Brasilerita: Nunca trascendió su verdadero nombre.
Dice la voz popular que fue una curandera y rezadora que murió ardida dentro del cementerio, al rozar su vestido con las velas encendidas mientras rezaba frente a la tumba de un alma que no hallaba descanso. En el preciso lugar donde acaeció su desdichado final, tiempo después surgió un hilo de agua que se esparce entre fosas.

Pedrito ‘Hallao’: El 29 de junio de 1948, muy cerca de las puertas del cementerio fue hallado, en agonía, un niño recién nacido. La historia que año tras año se renueva sin notorias variantes, cuenta que quien lo alzó vio que sus orejas y boca estaban carcomidas por hormigas y que al darse cuenta de que su vida se cortaba, lo hizo bautizar en la misma capilla del enterratorio, con el nombre de Pedrito. A ese ángel que falleció pocas horas después, la gente lo llamó Pedrito ‘Hallao’.

Los hermanitos Lucas tienen su tumba junto a la de Pedrito ‘Hallao’. A estos dos chiquitos los encontraron juntos, muertos, en algún lugar del parque Nicolás Avellaneda. Eso ocurrió el 18 de Octubre de 1943, día de San Lucas, razón por la que recibieron ese nombre. Al tratarse de mellizos los enterraron en una misma tumba.
 


   Andrés Bazán Frías, el famoso perseguido, tiene su sepulcro en el cementerio del Norte. Su santuario es considerado milagroso por la creencia popular, se encuentra en la calle provincia de Mendoza sobre el muro del cementerio del Oeste, sitio donde cayó herido de muerte al intentar escalarlo durante la persecución de la policía.  

Carballito era un pordiosero ciego que fue muerto en el ‘puente de los suspiros’ -calle provincia de Catamarca entre las calles República del Perú y Bolivia-. Le rinden culto con dinero y cruces de algarrobo; hace favores especiales.

El cadete Alberto Soria, numerario de la Gendarmería volante, fue muerto a tiros por José Ricardo Suárez (a) ‘El águila’, un pistolero de Villa Luján, el 18 de julio de 1927, cruzando la entonces polvorienta avenida Mate de Luna y cumpliendo su misión de persecución. Su tumba en el cementerio del Norte, es un atractivo arquitectónico, obra de un joven escultor que se llamó Agustín Aragonés. Al frente del mausoleo se puede apreciar una estatua del cadete, de gran tamaño, con su espada desenvainada y a sus pies la triste figura de una mujer, quizás su madre, rendida de dolor. 


 







Sociedad Unión Israelita Tucumana (Kehila)




Llegamos a la calle Combate de Las Piedras al 900 con la intención de recoger datos referidos al cementerio Israelita enclavado en Villa 9 de Julio. Hasta ese momento nos habíamos contactado telefónicamente un par de veces  con Alfredo Wolf, joven dirigente de esta sociedad. Con mucha amabilidad nos invitó a ingresar al lugar y se dispuso a contarnos, a pluma suelta, parte de la historia de estos inmigrantes llegados a Tucumán por allá de 1910, o sea, hace un centenio.
Anotamos aquí trozos de esa conversación que tuvimos con Alfredo, ya que así sabremos cómo surgió el sagrado sitio donde la comunidad judía pone a descansar a sus muertos.

Esto nos dijo: 

Las primeras inmigraciones se producen con el  pogrom de Rusia*; es entonces cuando buscando escapar de las persecuciones y matanzas, los judíos abandonan la Europa Oriental; además los jóvenes evitaban el enrolarse al ejército porque si lo hacían debían involucrarse en la guerra. Otra razón era la hambruna y la falta de trabajo en ese lado del mundo. Muchos fueron a Estados Unidos, a Brasil y otros vinieron a Argentina; y nada les fue fácil.    
Luego del pogrom surgió el nazismo. Mis padres fueron alemanes, vinieron antes de la segunda guerra mundial escapando de las persecuciones  del nazismo. Ellos llegan a través de la Lievich Colonisaison Asocieyson, una empresa que compró campos en Entre Ríos y en Santa Fe, los dividió en parcelas de 100 hectáreas y a cada familia le dio una fracción. No era gratuito, les proveían herramientas, una yunta de bueyes, semillas, adobes para hacer el rancho y a trabajar. Cuando comenzaban a producir debían devolver los préstamos durante 30 o 40 años; fueron saldando la deuda y se quedaron con las tierras. Aquí y allá se  vivían épocas  duras. Así llegan los primeros judíos; muchos se asentaron en Tucumán.
Algo digno de destacar de la Colectividad judía en la argentina, es la integración total.

*Pogrom: Voz rusa. Asesinato en masa espontáneo u organizado, de personas o grupos sociales indefensos.
El pogrom de Rusia -1881/1917- fue un movimiento popular cristiano dirigido por las autoridades zaristas para exterminio de los judíos. Durante la guerra civil que siguió a la revolución bolchevique de 1917, decenas de miles de judíos murieron en la violencia del pogrom en la región de la Ucrania y en la Polonia oriental (entre 1918 y 1920).
Es oportuno el anotar aquí que a la par de aquella matanza en Europa Oriental, la Argentina tuvo su propio pogrom en Buenos Aires. Eso ocurrió en la famosa Semana Trágica, Enero de 1919.







 Cementerio Israelita


“En nuestro cementerio hay un cuadro (Nº 16) en un rinconcito que guarda los cuerpos que fueron trasladados desde el cementerio del Norte, de cuando tuvimos allí un espacio prestado por la municipalidad; esas tumbas ya no tienen ni los nombres; son aproximadamente 30.
Es muy notoria la diferencia edilicia de lo que se hacía en otras épocas con lo que se hace ahora. Hoy es todo más moderno. Los mausoleos de antes eran muy grandes y suntuosos”.
                                                                             Alfredo Wolf         
    Encargado Responsable del cementerio Israelí





 


 
A medida que los inmigrantes judíos llegaban a Tucumán, los más resueltos comenzaron a pensar en cómo formar una sociedad o agrupación que los aglutinara y de esa forma sufrir menos el ostracismo social y lingüístico. Mientras solidificaban ese proyecto, surgió una necesidad que es inherente a todo grupo humano: dónde sepultar a sus muertos.
Llevados por esta premisa es que gestionaron ante las autoridades provinciales y municipales de la ciudad, el otorgamiento de un espacio de tierra en el cementerio del Norte, petición que fue autorizada por lo que les fue otorgado el cuadro nº 38. Claro, por razones religiosas ese camino no era el óptimo, pero aquella incipiente comunidad no tenía otras opciones y debieron  ajustarse a las disposiciones por entonces vigentes.


De un libro de autoría del señor Blumenfeld y que nos facilitó Alfredo Wolf en las oficinas de la Sociedad Unión Israelita de Tucumán, pudimos extraer lo que a continuación transcribimos:

Ya en posesión del cuadro de tierra nº 38, la comisión directiva (judía) había peticionado un permiso municipal para construir una verja alrededor del terreno que albergaría  a sus muertos, pero la solicitud fue denegada aduciéndose que el mencionado terreno no había pasado a ser propiedad de la Unión, sino que pertenecía a la municipalidad. De ese modo el uso de ese espacio no era sino una solución  temporaria, pues no respondería a la norma religiosa  que prohíbe trasladar restos ya sepultados. La concesión era por cinco años, renovables por períodos quinquenales durante cuarenta años. Aun cuando fuera factible esa renovación, se abrirían nuevos interrogantes por la limitada capacidad del referido cuadro, para 105 sepulturas solamente. Esas cuestiones preocupaban a la chevrah kedusha  seriamente.
Infortunadamente el fallecimiento de dos hombres jóvenes en 1912 dio lugar a la pronta habilitación del cuadro nº 38. El primer sepelio fue el de Isaac Siganer, de 22 años, carpintero,  que murió en abril de ese año,  en un accidente ferroviario;  el segundo fue el de David Masquil, de 20 años,  trasladado desde Salta.
Durante 1923 y 1924, rigió la corporación Chevrah Kedusha una comisión veterana en asuntos comunitarios. Subsistía  el viejo anhelo de establecer un cementerio israelita propio y definitivo y ese propósito constituyó el objetivo primero  de dicha comisión. Hasta ese momento había transcurrido una década desde que se concedió el espacio en el Cementerio del Norte.
Con las tratativas acerca del proyecto tanto tiempo latente, comenzó la reunión pública convocada  para el 31 de mayo de 1923 en la sede de la unión. Dirigió el debate la Comisión Directiva de la Chevrah Kedusha cuyos integrantes en ese momento eran: Rosh Hachevrah, Marcos Ferdman, Gabay Rishón, Aaron Oxman, Gabay Sheni, Isaac Feldman; secretario, Lázaro Atochkin; tesorero, Guillermo Rascovsky; protesorero, Jacobo Majlin; consejeros, Abraham Feldman y Juan Majlin; síndico, Marcos Bass.

 


 Unánimemente se aprobó el proyecto de adquirir un terreno en los aledaños de la ciudad. El único medio de conseguir el dinero para la compra era a través  de una colecta. Fue entonces que  Guillermo Rascovsky, habló de las grandes obras que los judíos suelen realizar solo con la base de una esperanza. De inmediato encabezó una suscripción, con el ejemplo de su generosidad. El proyecto quedó así salvado.
Para que efectuaran sus aportes hasta los menos pudientes, se acordó que cada suscriptor abonaría su contribución en 10 cuotas; al mismo tiempo esta facilidad permitiría a cada uno suscribirse con una suma mayor  que si el pago hubiera sido único.
Resultaba así que después de los 10 meses el terreno estaría abonado, siempre y cuando se hallara una propiedad que pudiera pagarse en diez mensualidades o pagos acordados.  
Para buscar las tierras en tales condiciones fueron comisionados Marcos Ferdman, Adolfo Pobirsky, Aarón Oxman e Isaac Aiziczon.
Ellos informaron posteriormente a la comisión directiva, que lindando con el cementerio del Norte había un campo adecuado. Sin embargo esta compra no se concretó; poco después se adquirió terrenos adyacentes, más al norte de esa propiedad, conviniéndose por ellos un precio de $ 10.000.-, de los cuales $ 6.000.- debían pagarse a un año de plazo con un interés del 8%. La superficie de la tierra comprada fue de 143,75 x 287,50 metros.
La asamblea de la Chevrah Kedusha aprobó el convenio y designó para firmar la escritura a Marcos Ferdman, Adolfo Pobirsky, Alfredo Kobelkovsky, Miguel Lekman e Isaac Aiziczon. Los títulos serían a nombre de ellos hasta que la entidad obtuviese la personería jurídica, condición necesaria  para inscribir el inmueble como de su legítima propiedad.
El valor de lo adeudado pudo ser abonado según lo convenido en el tiempo estipulado, y enseguida empezaron los preparativos para solicitar la personería jurídica.
Según las leyes provinciales en vigencia, la limitada corporación debía constituirse en una sociedad civil, con un estatuto formal que rigiera su existencia y actividades. El domingo 3 de febrero de 1924, en la sede de la unión, una asamblea convirtió a la Chevrah Kedusha en “Asociación Chevrah Keduscha Aschkenazí Tucumana. De los 28 socios masculinos presentes, 19 eran los fundadores de la corporación en 1914.
Dos semanas después se reunieron  46 socios en una asamblea que aprobó los estatutos, cuyo artículo segundo fue objetado por el gobierno de la provincia. La ordenanza municipal del 30 de junio de 1889 debía ser un obstáculo, con su prohibición expresa de inhumar restos fuera de los cementerios de la comuna. Y aquél artículo disponía dar sepultura en el cementerio de la Asociación, o sea fuera de los cementerios de la municipalidad.
El Pinkas registró en un emotivo texto la congoja de los dirigentes ante aquella situación. Habían asumido una gran responsabilidad ante sus correligionarios. Habían colectado dinero para la compra del terreno y todo parecía conducir al fracaso.
El doctor José Lozano Muñóz era a la sazón asesor letrado de la municipalidad y gran amigo de los israelitas, consultado por los dirigentes, aconsejó entrevistar al gobernador doctor Miguel M. Campero (1924-1928) y pedirle una solución.
El gobernante recibió una delegación integrada por Marcos Ferdman, Moisés Rascovsky y Miguel Schugurensky. Evidenciando comprensión y simpatía ante la cuestión religiosa planteada, prometió estudiar el asunto de la personería jurídica.
El 12 de diciembre de 1924 el gobierno por intermedio de su ministro Tomás A. Chueca, recomendaba la modificación del artículo segundo, que debía expresar que las sepultura se harían en el terreno autorizado por la municipalidad para cementerio. Así se aceptó en la asamblea el 21 de diciembre. Salvado este escollo el poder ejecutivo concedió personería jurídica, a la asociación Chevrah Keduscha Aschkenazí el 10 de febrero de 1925.
El paso siguiente era obtener la autorización de la municipalidad.
Naturalmente para habilitar como cementerio el terreno adquirido, ubicado en el boulevard Avellaneda, prolongación 23ª cuadra, había que cercarlo mediante un tapial. La Chevrah Kedusha no disponía de fondos. Toda la colecta había sido destinada a la compra,  de modo que hubo que recurrir otra vez a la generosidad de la colectividad.










El domingo  4 de julio de 1926 se colocó la piedra fundamental. Fue padrino Moisés  Firstater, de 80 años de edad; los oficios religiosos estuvieron a cargo del shojet José Mirkin.
Con el producto de la venta de una parte del terreno, se pudo completar el tapial y hacer  el cuerpo central de la administración.
La unión siguió siendo concesionaria del cuadro nº 38 del cementerio del Norte durante once año más, pero desde mediados de 1926 ya no se hicieron sepelios. Por el contrario, los deudos de la mayoría que hasta entonces habían recibido sepultura en el mencionado cuadro, los fueron trasladando y dándoles sepultura en la necrópolis judía, habilitada tras la muerte de Herman Schmurak en 1926.
Mas tarde se efectuó el trazado  de los cuadros internos, calles, veredas, jardines, arbolado, pavimento en la calle  de acceso desde la ciudad, prolongación de la red eléctrica, transporte, etc. etc.




 Devoción popular en el Cementerio Israelí


         Dentro de este campo santo existe una tumba milagrera; es la de Malta Salz, quién fuera santiagueña de origen. No ocupa un lugar especial desde el punto de vista sagrado-ritual en el cementerio. Sí es una de las más antiguas. Su placa conmemorativa dice Malta Salz, fallecida el 19/08/1949, monumento donado por la Chevrah Jedush (jebre jedushe). Los exvotos encontrados, dejados por sus devotos, son similares a los de otras tumbas: flores, una casita en miniatura que dice Punta del Este; entre los elementos tradicionales del judaísmo encontramos Kipa, Kipot, piedras, maguen David, y la manito contra la mala suerte.
Las placas expuestas en su totalidad agradecen por la ayuda de Malta. Los textos son : gracias, Malta gracias por ayudarnos, gracias por tu protección y ayuda, gracias Malta por ayudarme siempre en mis pedidos; etc.
La historia que se cuenta de Malta, es que escuchó una voz que le dijo que ella tenía que trabajar en la Jevre Jedushe, es decir ocuparse de los rituales de preparación del cuerpo de los difuntos, previo al enterramiento y también el cuidado de las tumbas; dicen que ella no cobraba nada por los servicios y la gente la ayudaba con comida y otras manutenciones. Según los relatos hace aproximadamente 30 años que le piden ayuda y le hacen ofrendas.

                                                                             Fragmento de: El patrimonio olvidado
                                                                                          Griselda Barale – 2006





Tradición que se pierde 



            La vieja y severa tradición que nos imponía el concurrir a los cementerios todos los días lunes, con el propósito de visitar a nuestros muertos, está perdiendo vigencia. Ya son pocos los deudos que llegan hasta los mausoleos* familiares, pertrechados con trapos franelas, limpia bronce y vidrios, plumero, escoba y balde, dispuestos a limpiar y airear ese espacio funerario donde descansan los seres ausentes; sitios que una vez aseados, eran ornados con flores y alumbrados con vivaces pabilos. Tampoco es común el ver a familias íntegras que cargando, una pala, rastrillo, pintura y pincel, se instalaban al costado de una sencilla tumba y, como si pasaran un día de campo, se disponían a desmalezar todo el entorno del sepulcro y a darle una mano de color, mientras tomaban unos mates o degustaban bocados rápidos. Tampoco se aprecia en la Cruz Mayor de los enterratorios, el mar de cera que cubría su pie como una pastosa alfombra grasosa y siempre tibia.


Esas usanzas, ligadas al recuerdo y al respeto por los que se fueron de este mundo se conserva, aunque en baja, los 1 y 2 de noviembre -Días de conmemoración de las Almas y de los Fieles Difuntos-, fechas en las que los cementerios aumentan su caudal de público. No es abundoso el decir que la palabra cementerio –coemetérium del latin, y koemeterion o koismasthai del griego- significa en ambos casos: Estar acostado, dormir.  
 

 
                       
*Mausoleo: Nombre dado a la tumba de aquel rey de Caria, Mausolo, quien vivió entre el 377aC y hasta 353 a. C. Al morir Mausolo su mujer, Artemisa, hizo construir en su honor esa bella e imponente obra. Está considerada una de las siete maravillas del mundo.










Las carrozas

La Argentina debe la llegada del carro fúnebre a los ingleses.

  Quienes estiben en sus vidas más de diez lustros recordarán aunque más no sea vagamente, a esos lúgubres carruajes montados sobre cuatro ruedas de tazas bronceadas, y provistos de un balancín de  donde se ataban, en yunta y de acuerdo al status del cliente, dos o cuatro caballos percherones pintados de negro desde el lomo hasta las patas y ataviados con ostensibles arneses llenos de apliques dorados.
La estructura de estos coches era de madera torneada y laqueada en negro. A los costados del pescante lucían unas agarraderas de bronce prolijamente bruñido de las que el cochero se asía para trepar hasta el asiento tapizado en cuero, también negro y pespunteado con tachas como de oro. En la cúspide, rematada en formas blondas, llevaban adosada una redondeada cruz que bien podía ser cambiada por otro símbolo, de acuerdo al credo o religión de quienes la contrataban.

Las había también blancas desde las ruedas y hasta los caballos; esas se usaban para el traslado de los niños fallecidos. En la cúspide del níveo caparazón trabajado a torno y laca, se erigía un ángel trompetero de hermosas formas y en grácil movimiento escultórico.    

Los cocheros, por vaya a saber qué mandato o convencimiento, tenían un gesto adusto, un halo de misterio si se quiere. Sus ropas, pesadas hasta en el húmedo y tórrido verano, consistían en unas levitas largas de paño negro, las que llevaban  siempre abotonadas hasta el cuello llamado degüello; pantalón a rayas o en gris liso; zapatos charolados; sombrero Galerita, Orión, o Riflero; guantes blancos y sobre el pecho, ajustado a la gruesa camisa de algodón blanca, un corbatín, moño, o un paño sedoso de tono pardo que simulaba un elegante pañuelo.  

 Viejos hábitos  

 


            Ellas comenzaban a llegar con el alba del día lunes. Casi todas venían de ahí cerquita nomás, de los barrios pobres que rodeaban al cementerio. Algunas traían colgados de sus brazos enormes canastos colmados de flores recién cortadas que al balanceo de un andar lento, dejaban caer gotitas de aguarrocío humedeciendo sus polleras. Otras, decididas a instalar un puesto más importante, arrastraban un carro bajo, cargado con tachos para agua, tablones, caballetes, cajas de velas de diferente tamaños y armazones de pequeñas coronas listos para ornamentar  con flores de papel en un santiamén, a gusto del cliente; además el carruaje le permitía transportar flores de varas como gladiolos, blancas calas, encapulladas dalias o la modesta margarita doble.

A medida que iban llegando ocupaban, como de memoria, un lugar junto a la tapia umbrosa de añejos árboles. Eran mujeres mayores, muchas de ellas viudas, enlutadas hasta las zapatillas. Sus  pelos lacios y entrecanos recogidos a puro invisibles o trabas lucían por sobre el prolijo peinado un pañuelo negro.

Ahí estaban las pregoneras ofreciendo sus mercancías perfumadas. De entre ellas sobresalían dos o tres por sus habilidades de rezadoras y de lloronas.  Acompañada siempre por el menor de sus hijos o algún nieto en sus quehaceres, dejaban al niño a cargo del ‘puestito’ y partían diligentes donde fueran requeridas para estas serias tareas de rezar o llorar  en los velatorios o sepelios. Arrimadas a la muerte por vaya a saber qué misterioso sino, estas mujeres de negro cultivaban sus jardines con ahínco y todos sabíamos que el fruto de sus empeños no lucía para los vivos, porque ellas, en una actitud que hasta hoy nadie entiende, jamás vendían una flor para adornar el mantel de una mesa familiar.


Empilchados como en domingo




            El visitar a los difuntos exigía vestirse bien, pero guardando cierta compostura en lo que se lucía o mostraba. Por ejemplo, se debían evitar los colores estrambóticos, los perfumes penetrantes y las joyas estrafalarias. Es decir que los deudos guardaban ante sus seres desaparecidos cierta sobriedad, aunque no estaba ausente la mejor ropa que se poseía.

En el “cementerio de los pobres”, sitio de las clases menos pudientes o de las que no tenían linajes patricios, las mujeres, si todavía correspondía el tiempo de duelo -un año para las viudas-, calzaban vestidos negros, cubrían sus piernas con medias oscuras y llevaban zapatos de taco mediano; era común que taparan sus cabezas con mantones o pañuelos también negros. Si el riguroso luto ya se había cumplido, la vestimenta usual permitida pasaba por ropa de medio luto; es decir, vestido o falda gris o floreado en tonos oscuros, medias color carne y un tocado sobre el pelo.

Los hombres, un poco más libres en la elección de sus atuendos, exhibían un brazalete negro en la manga izquierda de sus sacos, llevaban corbata y sombrero de paño oscuro.  



Ahora bien ¿Qué se usaba en las clases altas en tiempos de luto? ¿Cómo vestía la gente que concurría  al otro cementerio, al del Oeste? Una crónica tucumana redactada en 1913 nos habla de eso: 



Moda de la indumentaria de duelo
Diario El Orden – 9 de enero de 1913



En otros tiempos el traje de duelo permanecía invariable distinguiéndose siempre por su extremada sencillez;  ahora las épocas han cambiado, y aunque algunas modistas permanezcan fieles a la austeridad de luto, la generalidad de las jóvenes lleva en negro la toilette de moda, con muchas guarniciones de crespón y bordados opacos.

Sin embargo, a pesar de todo, es preciso seguir el protocolo impuesto para los períodos de luto.

El de luto riguroso no admite más que tela negra y opaca, cachemir de la India, sarga, etc. pero con los trajes tailleurs puede usarse  los meros cótelées con blusa de crespón inglés. Después de los primeros meses de gran duelo se reemplazan los adornos de crespón por otras guarniciones.

El período de medio luto admite una toilette menos severa, y en ese caso el terciopelo y la seda pueden servir de adorno a las telas de lana. Para los trajes habillée se ponen bordados de seda o entredós de guipure, velado de tul negro. Para gran luto son muy admitidos el cuello y puño de lino blanco, lo cual da un aspecto sobrio y cuidado suavemente agradable.

En París son pocas las personas que no han adoptado esta moda. En Norteamérica se llevan mucho los velos de tul negro con un borde de crespón blanco; es este un rebuscamiento que imprime al gran luto  un aspecto algo frívolo pero bonito a la vista.

Las alhajas de luto se llevan en madera negra o acero bruñido, cuando es más aliviado; el azabache se usa cada días más.

Los pañuelos de mano más elegantes serán con un pequeño filete y un monograma negro pero los completamente blancos tienen innumerables partidarios.





































































miércoles, 21 de noviembre de 2018

DE UN PUEBLO ESPAÑOL

DE UN PUEBLO ESPAÑOL A VILLA 9 DE JULIO

Fernando Joaquín Rojano
Entrevistado
Fernando Rojano -andaluz-
Agostina R.Muruaga-Domingo
Alberto y Fernando J. Rojano




Fernando Rojano vivió 21 años en el pueblo andaluz Priego de Córdoba. Era un españolito que debía cumplir con lo que acá llamamos 'servicio militar' y allá se conocía como "servicio al rey", pero no le gustó el 'convite' por lo que decidió tomar distancia. España pasaba por serios problemas de orden interno y enrolarse en las filas del ejército representaba un riesgo que él no estuvo dispuesto a enfrentar. El muchacho había nacido en 1892. En 1913, soltero, se encaramó a un barco que partía para América, territorio que conocía 'de palabras' pues unos paisanos suyos, radicados en Argentina desde tiempo atrás, algo le habían contado por carta. Es oportuno el decir que la América de la que se hablaba en Europa se llamaba Buenos Aires.  
Su llegada a puerto no se diferenció en nada del arribo de otros viajeros en su misma situación: Presentar papeles y documentos ante las autoridades, hacinarse en el Hotel de inmigrantes, pensar con incertidumbre en un destino fijo, en fin, lo que ya se conoce. 
Avenida Juan Batista Justo al 1400
Su hijo, nuestro entrevistado, al que llamaremos por sus dos nombres para diferenciarlo del inmigrante, luego su padre, nos cuenta:
-Él quería ir hacia la provincia de Mendoza, le habían dicho que esa tierra era muy parecida a España. Pero lo mandaron a Tucumán y contra esa orden nada pudo hacer.



Sin oficio


            El inmigrante Fernando era un campesino hecho desde muy chico al trabajo de labrantío y al trajín con animales. Con sólo 7 años de edad cargaba sobre sus hombros la orfandad paterna y la vida lo encadenó al agobiante yugo de ganarse el pan con lo que podía.
Ya en Tucumán, el sur de la provincia lo vio en pueblos como, Arcadia, Monteagudo, Concepción y otros parajes rurales, doblado sobre los surcos de las quintas de verduras, carpiendo, desyerbando o aporcando verdes simientes ajenas.
-No peló cañas de azúcar; él sabía de verduras. Nos dice Fernando Joaquín.
Luego de 8 años de permanencia en el sur tucumano, abandona las labranzas y decide probar suerte en la ciudad de San Miguel. Corría la década de 1921. Soltero aun, con facilidad encuentra conchabo en una carnicería; pasó después por una fiambrería, hasta que conoció a don Hipólito Blanco, matarife que lo contrató como peón.

Mucho tiempo después, Fernando Joaquín, se enteraba de algo más:

-Él llevaba los animales al matadero; ahí había un salón grande y otro chico; en el grande se carneaban vacunos; en el salón chico se carneaban cerdos, corderos, cabritos. Al comienzo sus tareas fueron múltiples. Don Blanco poseía una jardinera y él tenía que llevar y traer la carne y hacer el reparto. Lógicamente que era muy sacrificado, y lo sigue siendo. Trabajaban sin parar durante todo el día. En ese tiempo no había cámaras frigoríficas; se debía vender rápido. Ahí aprendió a carnear cerdos.


Fernando Rojano y Agustina Rosa Muruaga

Ansiada independencia


Jornadas van, experiencias vienen, Fernando, el inmigrante, resuelve independizarse. Un simoqueño amigo, cuyo nombre se perdió en el olvido, lo ayudó a conseguir la patente necesaria para faenar animales.
Es entonces cuando la soltería del muchachón comienza a acotarse. En un recodo del destino conoció a una muchacha de nombre Agustina Rosa Muruaga, tucumana de Concepción e hija de Domingo Muruaga. Pactada la pareja, se radican en la calle Martín Berho, arteria que ya tenía traza de avenida por lo ancha; la casa lindaba por otro costado con la calle Benjamín Villafañe.



Domingo Muruaga
Fernando Rojano -andaluz-
Agostina R.Muruaga-Domingo
Alberto y Fernando J. Rojano

La juventud que casi siempre es vital y prolífica, al matrimonio Rojano-Muruaga le pobló la casa con cinco hijos:  


-Allí nacimos los  cinco hermanos: El mayor, Domingo Alberto; luego yo,  Fernando Joaquín, nacido en 1934; luego Juan; Carmela y Félix, este último hoy de 70 años. Nos cuenta Fernando Joaquín.

Matadero Municipal

Zona de peligros


            Nosotros, los recopiladores, podríamos narrar este pasaje que habla del peligroso ambiente que por entonces significaba el habitar la zona donde está la calle Martín Berho, pero es mejor que lo diga Fernando Joaquín, el entrevistado:

-Era una zona que tenía sus riesgos porque estaba cerca del matadero y, como casi todos trabajaban allí, cargaban en la cintura sus herramientas, cuchillos, chairas, ganchos. Algunas veces salían del trabajo y se desconocían por algún motivo; otros no se iban a la casa, se quedaban por ahí cerca, en algún almacén. En mis tiempos de mocedad estaba la confitería de los García.

El progreso


El siglo XX transitaba su tercera década y la ciudad buscaba ordenar su ejido. Principalmente en aquellas zonas, como la del matadero municipal, relegadas por años del ordenamiento necesario.
El español convertido en matarife, Fernando Rojano, veía progresar a su emprendimiento, pero la calle Martín Berho lo expulsó pues sus corrales ya resultaban inapropiados en ella.

Fernando Joaquín cuenta:    
Allí teníamos unos corrales con cerdos y otros animales chicos.
Nos tuvimos que cambiar a otra zona para poder conservar el oficio de matarifes y  de lidiar con animales. Entonces nos fuimos a vivir  a la avenida Juan B. Justo al 2200, a un campo entre los dos cementerios. Ahí alquilamos un predio donde teníamos los corrales y la casa familiar; en ese sitio estuvimos más o menos 9 años.

Al decir de nuestro entrevistado, debieron trasladarse una decena de cuadras más al norte, zona que aun estaba despoblada; único modo de mantener su actividad. Es así que arrienda, a Emilio Bono, una extensa propiedad situada entre los dos cementerios, el del Norte y el Israelita. Se trataba de un campo cuyas medidas eran: una y media cuadra de fondo por otra cuadra de ancho. El espacioso sitio le permite albergar a su hacienda y a la vez volverlo propicio para el pastoreo.
Fernando Joaquín sonríe al contarnos que en ese lugar vivían solamente ellos y que la gente le llamaba al sitio “barrio sándwich”, pues quedaba encerrado entre los dos enterratorios.


Cementerio Israelista
Cementerio de los pobres,
luego Cementerio del Norte










De la actividad


            En aquella enorme fracción alquilada entre los dos cementerios, los Rojano armaron corrales para los caballos de tiro que eran ‘los motores’ de sus jardineras y también las porquerizas para encerrar a los cerdos –en realidad quien nos cuenta dijo: por porqueriza=chiquero y por cerdos=chanchos- o sea bien a lo tucumano. 
Carne de cerdo de la
carniceria Rojano
Cuando trasladaban los cerdos al matadero lo hacían de a pie. El recorrido normal era: Salir de los corrales y bordear la tapia de atrás del cementerio del Norte; al final del muro tomaban la calle Juan Posse y luego la calle Martín Berho por donde estaba la entrada.
 
-En esa época se consumía más cerdo que ahora. A veces llegaba una jaula cada 15 días. Nos dice Fernando Joaquín.

La vida entre dos cementerios


Dice la voz popular: ‘El miedo es cosa viva’; ‘Cada cual es dueño de su miedo’; ‘Tenerle miedo al muerto’… Muchas frases y dichos pueden caber cuando nos referimos a las perturbaciones angustiosas del ánimo que conocemos como miedo. Viejas creencias y mitos ancestrales nos vuelven recelosos a sufrir algo no deseado. La sola mención nocturna de un cementerio, por ejemplo, agita nuestras mentes y puede exaltarnos hasta el paroxismo. 
Pero no es el caso de los jóvenes Rojano, habitantes por muchos años de aquel sitio que por estar ceñido en sus costados por dos cementerios, fue llamado ‘barrio sándwich’. Quizás estos niños que durante su infancia corretearon entre tumbas y mausoleos, se hayan familiarizado con el escenario y veían con naturalidad lo que otros miraban, y miran, con desconfianza.
















Nuestro informador así nos dice: 

-No teníamos miedo. Nosotros éramos muy amigos de una familia de apellido Reinoso que cuidaba el cementerio Israelita. Con sus hijos nos hemos criado juntos. Hasta hoy por ahí nos encontramos; somos de mucha amistad. Ellos vivían en ese lugar y nosotros entrábamos como si fuera su casa. Los chicos no pensábamos que era un cementerio.

Y como buen vecino, aquel cuidador del cementerio les ayudaba a los Rojano a sacar agua del pozo a fuerza de caballo. Es decir, lanzaban a su interior, atado a fuerte soga, un tacho donde cupieran muchos litros del líquido; luego, para sacarlo hasta el brocal, un animal de tiro ponía su fuerza y lo elevaba. Desde allí, a pulso, se derramaba el agua en un piletón. La operación se repetía hasta colmar el depósito; desde ahí se surtía al abrevadero de la hacienda.
¿Y porqué don Reinoso se ofrecía a colaborar con esta agotadora tarea? Muy sencillo: Los muchachos Rojano devolvían el favor colaborándolo en la limpieza y el mantenimiento de todo el cementerio Israelita.
Un dato más cuenta que estos chicos, cuando vivían entre los dos cementerios,  iban a la escuela nº 49, ubicada en la calle Panamá.

Compran negocio y casa


            En 1948 la faena de cerdos andaba bien. Los muchachos Rojano seguían trabajando con su padre, don Fernando. Buscando diversificar un poco la ruda tarea de carneo y desposte, se animaron a comprar a un tal Berta, la fiambrería que funcionaba en la ochava noreste, de la plazoleta Mitre, avenida Sarmiento esquina ex avenida Mitre -hoy República del Líbano-. Mientras tanto el matarife continuaba con su tarea pero tuvo que mudar los corrales; desde  avenida Juan Bautista Justo al 2200 los trasladaron a un predio ubicado al este del cementerio Israelita.
Al año de probar suerte con los fiambres en la plazoleta Mitre el negocio fue vendido. A la vez compraron una casa en avenida Juan Bautista Justo al 1500 y allí se mudó toda la familia. Corría el año 1949.




Cuenta Fernando Joaquín Rojano que esa vivienda era anteriormente usada como fábrica de embutidos, más específicamente de mortadelas, que explotaba su propietario, un señor Carballo; dice que Carballo le vendió a un tal Barrena y este último hizo la operación con ellos.
El extenso terreno que la contiene, 30 mts. de frente por 65 de fondo, le permitió a Fernando, el español, hacer modificaciones y a la vez ampliar la construcción, dejando hacia atrás la edificación de la antigua fábrica, hoy casi derruida.
En 1955 los Rojano compraron otra propiedad, esta vez  destinada a contener a los corrales de cerdos; el predio, que todavía poseen, está entre la avenida San Ramón y el río Salí.
Por lo demás, todo siguió en sus normales cauces. Los muchachos, siempre trabajando con su padre y de a poco cada uno de ellos casándose y buscando techo independiente. El único hijo que permaneció allí fue Fernando Joaquín pues, pagó la parte que les correspondía a sus hermanos y se hizo dueño de la casa.



Rosa Mercedes Rojano, hija de nuestro entrevistado, entre temerosa y dubitativa nos contó lo siguiente:

Antes de que se comprara esta casa, cuando aun funcionaba la fábrica de mortadelas, los vecinos contaron que  veían entrar carros tirados por tres caballos y que al salir, los carruajes iban tirados por uno sólo.
Siempre dijeron que ese fiambre se elaboraba con carne equina; otros dicen que no es así.

Y la versión de la muchacha no era falsa. He aquí un dato extraído del archivo Municipal:

El 14 de agosto de 1920, por decreto municipal, el interventor  suspendió la vigencia del art. 77, incisos a, b y c, del reglamento de mercados, donde se autorizaba la matanza en la misma fábrica, de animales equinos para la elaboración de mortadelas y salamitos, hasta nueva disposición,  por haber bajado el precio de la carne vacuna y por la imposibilidad de controlar el sacrificio de animales enfermos para la elaboración de estos fiambres.

Otra  generación


Los años pasan y nos situamos en 1959. Fernando Joaquín Rojano, que es quien cuenta toda la historia familiar, es para entonces, un hombre. La compra de cerdos para faenar lo lleva por muchos lugares de la región, interesado  en la búsqueda de buenos animales y, lógicamente, de mejores precios.
Elena Pascualina Yedro
De aquellas relaciones comerciales hay una que sobresale. Es que en el pueblo santiagueño de Guardia Escolta, localidad donde siempre halló excelente mercadería, cierto día conoció a Elena Pascualina Yedro, jovencita oriunda del lugar. No sabemos cuánto duró el noviazgo pero se casaron y fijaron residencia en la casa de la avenida Juan Bautista Justo al 1500, hogar paterno de los Rojano. Haciendo uso de tan amplio predio la pareja construyó un pequeño solar al frente de la vivienda mayor, hasta que con el tiempo, sola ya, ocupó toda la casa. Del matrimonio Rojano-Yedro nacieron cuatro hijos:
Fernando Adrián, en 1962; María Estela, en 1967; Rosa Mercedes, en 1969, Leticia Analía, en 1973.
Con resignación, Fernando Joaquín Rojano dice que su mujer, Elena Pascualina Yedro, falleció el 30 de diciembre de 2006.
Abuela Agustina con sus cuatro nietos, hijos
de Fernando Ignacio Rojano

Fernando I. Rojano, el entrevistado, junto a su familia

´














De los negocios


-Uno de mis hermanos también es matarife; no tanto en vacunos, mas bien con cerdos. Actualmente ambos tenemos puestos en el mercado del Norte, como carnicería Rojano. Luego está la carnicería ‘Súper Rojano’; es de un sobrino, hijo de otro hermano.




















En 1982, Fernando Adrián Rojano solicita a las autoridades del ejército que se le conceda un año de prórroga en el cumplimiento de su servicio militar, por razones de estudio. No sabemos si recibió respuesta a su pedido. Pero sí nos enteramos por su padre, don Fernando Joaquín Rojano, que el muchacho ese año fue incorporado sin derecho a excusarse y trasladado al sur argentino. Se había desatado la guerra de Malvinas.
Mientras narramos este hecho nos esforzamos por sentir, aunque más no sea por minutos, la desazón y la angustia que significa el tener a un ser querido envuelto en un acto bélico de esa magnitud;  y al escuchar lo que su progenitor prosiguió contándonos, decimos que el soldado Fernando Adrián estuvo protegido por Dios:       
Fernando Adrían Rojano
-Él cuando estuvo en las islas mandó sólo dos cartas. La misión que tenía era cuidar con su grupo una pista de aterrizaje de aviones argentinos que los ingleses bombardeaban. Dice que ellos estuvieron muchos días en una zanja, con frío, con hambre y sin poder sacarse las botas.
Al finalizar la contienda todos volvían pero él no. A su regreso, luego de casi dos meses, nos contó que estuvo prisionero de los británicos pero que lo trataron bien; hasta lo engordaron dándole abundante comida.

N/R -Es un honor para quienes elaboran este libro, el poder incluir en sus páginas el nombre de Fernando Adrián Rojano.





Don Fernando Joaquín Rojano, el vecino de Villa 9 de Julio, 
quién amablemente nos recibió en su casa, 
siguió contándonos sus recuerdos:

-Estando entre los dos cementerios, para ir a la escuela cruzábamos una finca a la que le decían ‘la finca de Iramaín’; eso era un tambo de aquella época.  Nosotros vivimos en el ‘barrio sándwich’  desde 1939 hasta 1948. Fernando Joaquín Rojano.

-El pozo de agua  también era la heladera que nos faltaba. En el balde poníamos lo que debía conservarse fresco. Sólo el matadero poseía cámaras frigoríficas.
Teníamos un par de  vacas a las que ordeñábamos para la familia.  Además unas piletas donde salar los huesos y así mantenerlos en condiciones para usarlos en las comidas. Fernando Joaquín Rojano.

-El matadero nuevo se inauguró en 1939; es decir que ahora también es viejo. Hubo otro antes que no tenía cámaras Frigoríficas.
En aquel tiempo distribuíamos la carne de cerdo en el día porque no había dónde conservarla. Nosotros coordinábamos los horarios con las carnicerías. Fernando Joaquín Rojano.

-Mi padre era analfabeto; mi madre le hacía las “tarjetas” de los clientes; él marcaba la carne y luego un transporte hacía el reparto. Ya teníamos compradores en el Mercado del Norte. Fernando Joaquín Rojano.

-Mire, si ahora la educación es mala antes era peor.  Lo único que aprendíamos era a cantar la ‘marcha A mi bandera’. Por eso nos mandaron a la escuela nocturna en la Elmina Paz de Gallo, de la Álvarez Condarco primera cuadra. Allí aprendimos algo más. Fernando Joaquín Rojano.

-Cuando vivíamos sobre la Martín Berho, había un almacén de don Camilo; un tal Corbacho, que estaba en la  Benjamín Villafañe y Blas Parera, en ambos hacíamos las compras.
Ya en la otra vivienda, en avenida Juan B. Justo, comprábamos en el almacén de Bocca; estaba frente al cementerio del Norte. Tenía de todo. También íbamos a ‘El Pacará’; almacén y depósito de granos de los Mata. Eso fue entre 1940 o 50. Fernando Joaquín Rojano.

-Para distraernos íbamos al cine 9 de Julio y por tener una aventura al Capitol. Los días domingos en el 9 de julio la entrada valía 0.20 ctvos y los lunes 0.10; ese día se llenaba la sala. Fernando Joaquín Rojano.

-En mi juventud -1945-  la avenida Juan B. Justo  era angosta y las veredas muy anchas. Ya estaba trazada para ser avenida y tenía empedrado. En las aceras había unas altas tipas; también otros árboles grandes. El tráfico no era intenso. Fernando Joaquín Rojano.

-La avenida  Juan B. Justo se achicaba al llegar al puente, cercano al pasaje Brasil; era muy extrecho. Recuerdo que para ampliarlo, como no podían romperlo, le hicieron todo un asfalto encima; los ingleses lo habían construído muy bien cuando hicieron el ferrocarril, porque los carros que cargábamos habrán tenido 3000 kilos y  ahora los  vehículos tienen cargas muy pesadas y no se daña. Fernando Joaquín Rojano.

-Al frente de casa estaba el dispensario, que hoy es el Caps. allí mi madre nos traía a todos los hermanos cuando estábamos enfermos. Fernando Joaquín Rojano.

-En la década de 1960 sacaron los adoquines, también lo árboles; luego hicieron a la avenida Juan B. Justo muy ancha. Fernando Joaquín Rojano.


-En esa época los puesteros y carniceros estaban en buena posición económica, porque se vendía mucho; uno de ellos, Salvador Ruiz, vecino, traía a vender unas  entrañas económicas pero riquísimas; la gente la venía  a comprar mucho. Era una menudencia que Salvador las retiraba del matadero. La entraña es una carne una parte gruesa y otra delgada que separa el estómago del ecxófago. Fernando Joaquín Rojano.

-En la calle Blas Parera al 900 funcionaba la perrera. Hacía redadas por el barrio usando un camión con jaula para encerrar a los perros que enlazaban los empleados. Los vecinos salían a la calle a salvar a sus pichichos. A veces debíamos ir al corralón a retirarlos pagando una multa. No nos debíamos demorar porque a las 72 horas los sacrificaban. Fernando Joaquín Rojano.

-En la esquina de avenida Juan B. Justo y Blas Parera  estaba la carnicería de  Teresa Izquierdo,  luego puso una panadería.
En la primera cuadra  de Blas Parera estaba la Estafeta de Correo, ahora es una fábrica de bolsas. Fernando Joaquín Rojano.

-Para llegar el cementerio del Norte circulaban colectivos. La línea F y la B. Luego vinieron los troley, los que pasaban por la avenida Juan B. Justo y en  la calle Méjico daban la vuelta. Era algo fantástico. A ese servicio lo pusieron cuando yo estaba haciendo el servicio militar, pero duró muy poco. Fue en 1955. Fernando Joaquín Rojano.

-Cuando regresábamos del cine 9 de Julio lo hacíamos casi a tientas, pues la última luz de la avenida estaba antes de cruzar el puente; luego debíamos seguir al  norte hasta nuestra casa, que estaba entre los dos cementerios. El otro foco se encendía en la calle Méjico. Fernando Joaquín Rojano.

-Desde la calle Méjico hasta el canal vivíamos 4 o 5 familias, nada más. No había villas de emergencia. Al frente nuestro estaba la familia Giolito; tenía un tambo de casi tres manzanas; se extendía desde la iglesia que hoy está frente al cementerio del Norte y hasta donde termina el cementerio Israelita. Cultivaba alfalfa para sus vacas. Vendía leche. Fernando Joaquín Rojano.

-El herrero de entonces fue un tal Sosa. Era pariente de la cantora, de Mercedes Sosa. Tenía el taller en la avenida Juan B. Justo al  1700. Fernando Joaquín Rojano.

-Ahora  frente al cementerio está todo cubierto de barrios; antes ahí estuvo la colonia San Ramón con sus campos de cañaverales; hoy es toda una barriada que llega hasta la autopista. Fernando Joaquín Rojano.

-Al frente del cementerio funcionaba la marmolería de los Panchini; trabajaba para el cementerio Israelí.
El florista fue don Gratacos, además era jardinero. Tenía un pedazo de tierra donde cultivaba muchas flores. También comerciaban con flores las señoras Monachessi, italianas. Fernando Joaquín Rojano.

-Los Giamarini también tenían carnicería sobre la Juan B. Justo,  hijos de quien fue  carrocero,  hacía carros, luego cajas para camiones. En la misma cuadra, de sur a norte, vereda oeste, estaba la carnicería de ellos, luego la nuestra y la de Salvador Ruiz. Fernando Joaquín Rojano.

-Nosotros traemos la carne desde Córdoba, de la zona de Río Cuarto. Es buena mercadería; esa región es bien nombrada por esto. Fernando Joaquín Rojano.

-Los Ciccio tenían varios coches de plaza. Vivían a la par de Sosa, el herrero. Ahí guardaban hasta los caballos. Por ahí los cocheros descontentos por la paga  abandonaban los coches en cualquier lado; entonces usted veía al   animal  que llegaba solo con el carruaje  a los corrales. Después cambiaron los coches por taxis. Fernando Joaquín Rojano.

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